2 de diciembre de 2010

Vergüenza


A veces pienso que los políticos intentan no diferenciarse unos de otros para hacernos creer que la corrupción, los amiguismos y la desvergüenza son cualidades inherentes a la política.

El sistema español es complejo y, después de 32 años desde la aprobación de la Constitución Española, hay aspectos que son mejorables o que simplemente no funcionan. La Carta Magna nace en un contexto histórico muy complejo y de ahí que algunos de los conceptos que en ella se recogen sean más ambiguos que funcionales. 

España se configura según el modelo del "Estado de las Autonomías". Se pretendía evitar el término "federal" y aún hoy se huye de él y es que hay quien considera que el federalismo es una forma de "romper España". Sin embargo, yo creo que la actual lógica política y de negociación del Estado de las Autonomías ha tomado una deriva muy cuestionable. Para garantizar la estabilidad del Gobierno, los partidos nacionalistas o regionalistas negocian el traspaso de competencias hacia sus Autonomías y, cuando las elecciones se acercan, muchos de ellos deciden suprimir los impuestos que financian esas competencias como guiño al electorado. El resultado de dicho proceso no es mayor autonomía para las regiones de España, sino herramientas de uso político en manos de la coyuntura.

No voy a entrar en este post en debates sobre la patria y las naciones porque, sinceramente, no me interesan. Pero sí diré que confío en el federalismo como un concepto de unión, que no división. En un modelo de Estado federal las competencias de cada uno de los Estados federados están recogidas y garantizadas en la Constitución, de modo que la autonomía, que no soberanía, está protegida por la Carta Magna y no queda al arbitrio de las negociaciones entre los egos políticos. La soberanía de las partes frente a la unión no se llama "federalismo", se llama "confederación". 

Y repasando la actualidad del sistema político llegamos a las entidades locales o Ayuntamientos. Los pueblos y las ciudades constituyen en sí mismos sistemas políticos que no están exentos de problemas. Pese a ser el nivel de gobierno más cercano, el déficit democrático, la distancia entre la clase política y los ciudadanos, la corrupción y el alejamiento de la idea de polis como lugar de debate y de reunión están a la orden del día.

Recuedo que durante mis años en la Facultad de Políticas, una profesora expuso un día en clase que la democracia en los pueblos no era posible. Aquel día un escalofrío de impotencia me recorrió porque yo siempre he sido una defensora de la idea de que la democracia se construye desde abajo, empezando por tu propio barrio. Sin embargo, sus ideas acerca de que hay sistemas políticos locales que recrean una democracia formal sin posibilidades reales más allá de las elecciones cada cuatro años, me han ido dando que pensar con los años.

En España, los ejecutivos locales tienen un corte presidencialista, que en muchos casos nada tiene que ver con el primus inter pares que algunos se empeñan en defender. Que el ejecutivo sea presidencialista no impide en absoluto el ejercicio democrático a nivel local. Lo preocupante es toda la cultura política que rodea a la clase política local. Con la democracia se han ido consolidando diversas prácticas y, entre ellas, destacamos la profesionalización de una clase política también en los pueblos y ciudades. Pero con "profesionalización" no piensen que me refiero a ciudadanos ilustrados en política que deciden hacer de su estudio y su conocimiento, su profesión. Con "profesionalización" hago referencia a aquellas personas que han hecho de la política su medio de vida.


Y más aún, desgraciadamente, en España se ha generalizado el acceso a las elites políticas locales como un medio de subsistencia, tanto para algunos ciudadanos como para algunas empresas. Son los modernos lobbies. A veces, los lobbies tienen intereses legítimos, otras no. A veces, los políticos usan la política para favorecer el desarrollo y el bienestar de los ciudadanos, otras no. 

Y es precisamente en las veces que no cuando comienza la corrupción, los amiguismos, los clientelismos y la desvergüenza. Es precisamente en las veces que no cuando se agranda la brecha entre los ciudadanos y sus representantes, cuando todos empiezan a parecer iguales y cuando el trabajo y el esfuerzo pasan a un lugar secundario para dejar su puesto a una creciente desafección económica, política y social.

Yo creo que otro sistema político es posible, ¿y usted?

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