24 de noviembre de 2009

El día que yo nací.

El día que nací ha condicionado y condicionará el resto de mi vida, aunque yo no lo eligiera. No sólo por la época que me ha tocado vivir, ni por la gente y los lugares que conoceré en este caminar.

Llevo tiempo pensando en cuántas cosas nos condicionan y, no sólo eso, sino cómo nos adaptamos a ellas y desempeñamos ciertos roles. Sorteamos la vida, aprendemos, nos equivocamos, las cicatrices marcan nuestra piel y nuestra alma...

Se ha escrito mucho sobre el papel de los primogénitos, no sólo en la familia, sino en la vida. Se dice que los hijos mayores son, generalmente, más responsables. Mientras que los pequeños son más creativos. Muchos primogénitos lideran empresas y asumen roles de dirección en sus aventuras profesionales. Los pequeños suelen recibir el don artístico y de la espontaneidad.

Pero me interesa ir un poco más allá. Hay responsabilidades que las otorgan los padres o el devenir de la familia. La situación socioeconómica también es determinante, no sólo por la cultura del ahorro ante las dificultades o los días felices, también por la forma de enfrentarse a la vida. No todos los hijos ven las mismas cosas, aunque tal vez, sí las vivan.

En cierto modo, los hijos mayores abren un camino a los pequeños y enseñan sus cartas a los padres. No deja de ser un proceso de aprendizaje mutuo, si la vida es conocerse.

Sin embargo, hay ciertos roles que nadie dijo que nos tocaban, pero los asumimos. ¿Por qué?

No somos mejores hijos, no somos más libres, no somos más felices. Sólo damos vueltas en la noria. Nos gustan las ferias antiguas, nos gusta estar arriba y abajo, nos gusta mirarnos al espejo y preguntarnos si somos quién soñamos ser. Precisamente porque nos preguntamos muchas cosas, a veces, obtenemos respuestas de noches oscuras, otras de amaneceres infinitos.

No puedo evitar preguntarme cómo habría sido mi vida si hubiese nacido en otra mañana de rocío. Pero ojalá pudiera mirar el mundo, aunque sólo fuera por unas horas, con el prisma de mi hermano. Quizás los viajes imposibles, sean los más cercanos.

Y muchas veces, cuando soplan vientos de libertad, volvemos la vista atrás. Allí están: nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amores, nuestros desengaños, nuestras alegrías y nuestras miserias... Pero seguimos ahí.

A mi hermano, porque un día que él tampoco eligió, fue el día más feliz de mi vida.


2 comentarios:

Beatriz del Hoyo dijo...

Qué bonita dedicatoria; él estará, sin duda, orgulloso de su hermana mayor.
Un abrazo con mucho, mucho cariño.

Letras y mas Letras dijo...

ped_cab@hotmail.com

Saludos!