Banderitas por todos lados, jolgorio y pasodobles falleros.
Y yo me pregunto, ¿les habrán pagado por figurar, habrán pedido el día libre en el trabajo, se sentirán con el deber por la patria cumplido, su comunión con el partido se habrá reforzado?
No me importan los trajes, ni las facturas, ni los amigos, ni los colores, ni las bodas. Me importa mi familia, mis amigos, mi pueblo y lo que pasa en mi calle. Pero a veces, me duele el mundo.
Los personalismos en política son útiles para ganar votos y amigos, pero hacen flacos favores a las instituciones que están hechas para servir y para durar, por encima de los colores y de las personas.
Servir es una palabra fea, aunque muy ilustrativa. Prefiero administrar y gobernar, sobre todo, porque implican rendición de cuentas. Sin embargo, volvemos al mismo punto de las cuentas y de las palabras.
Ostentar un cargo puede ser un gran orgullo y una enorme satisfacción. Lo que ocurre es que cuando se llega al punto de ostentar, se olvidan muchas de las motivaciones de la cosa pública, del servicio a los demás, los derechos y las obligaciones y, sobre todo, que aunque sean muchos los que paguen poco, son el pueblo que motivó la existencia del cargo.
Desempeñar un cargo es mucho menos glamuroso, pero se vislumbra mejor la razón de ser de la institución, en la que por mucho que se empeñen, sólo están de paso.
Lo dicho, qué viva el pasodoble.
Y yo me pregunto, ¿les habrán pagado por figurar, habrán pedido el día libre en el trabajo, se sentirán con el deber por la patria cumplido, su comunión con el partido se habrá reforzado?
No me importan los trajes, ni las facturas, ni los amigos, ni los colores, ni las bodas. Me importa mi familia, mis amigos, mi pueblo y lo que pasa en mi calle. Pero a veces, me duele el mundo.
Los personalismos en política son útiles para ganar votos y amigos, pero hacen flacos favores a las instituciones que están hechas para servir y para durar, por encima de los colores y de las personas.
Servir es una palabra fea, aunque muy ilustrativa. Prefiero administrar y gobernar, sobre todo, porque implican rendición de cuentas. Sin embargo, volvemos al mismo punto de las cuentas y de las palabras.
Ostentar un cargo puede ser un gran orgullo y una enorme satisfacción. Lo que ocurre es que cuando se llega al punto de ostentar, se olvidan muchas de las motivaciones de la cosa pública, del servicio a los demás, los derechos y las obligaciones y, sobre todo, que aunque sean muchos los que paguen poco, son el pueblo que motivó la existencia del cargo.
Desempeñar un cargo es mucho menos glamuroso, pero se vislumbra mejor la razón de ser de la institución, en la que por mucho que se empeñen, sólo están de paso.
Lo dicho, qué viva el pasodoble.
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