24 de octubre de 2008

En mi calle también pasa

La única palabra que se escucha en la calle, en la tele, en la radio, en el autobús, en las citas con los amigos es crisis...

Quizás no haya rabia, ni tiempo para el dolor porque lo que nos está pasando es uno de los acontencimientos que acaban enfrentando a los hombres (y a las mujeres) con el tiempo que realmente nos ha tocado vivir. Y, como siempre suele pasar, tras muchos avisos a los que no hicimos caso, de golpe.

Mucha gente que tenía trabajos precarios que se acercaban bastante a las nuevas formas de explotación son hoy más desdichados porque ni siquiera les explotan. Otros han visto cómo, con una edad difícil, han perdido el empleo y se les plantean preguntas aún más dolorosas en el entorno de la familia y los amigos. Algunos que no supieron ahorrar ven cómo tienen que volver humildemente, bajando la cabeza o sin hacerlo, a una vida que ni siquiera es como la que tenían antes. Otros que sustentaron su éxito y su clase (sí, clase, que no es palabra que sólo llene la boca de los críticos del capitalismo) en su bolsillo de billetes grandes y no en su empresa o en su proyecto, tienen un espejo ante sí que les muestra lo que son; y lo peor es que muchos de los que les rodean ya se han dado cuenta de que son flores efímeras.

Observando el escenario y sin necesidad de acudir al New York Times, a Le Monde Diplomatique, a El Mundo, El País, o a cualquier otro, porque desde mi ventana también se ve, se me ocurren unas cuantas cosas. ¿Dónde están los liberales? Y dónde están aquellos que defendían que el mercado se había hecho para hacer grandes a los fuertes y que los que se quedaran por el camino era consecuencia de su vagueza, de su proyecto erróneo o de su situación inferior, o de su religión y su país equivocado... Aquellos que defendían que el Estado no debía intervenir, que las pensiones públicas eran una carga para los trabajadores en activo, que la educación pública era para mediocres y fracasados, que los seguros sanitarios privados eran los mejores aunque esos mismos médicos trabajasen el otro mediodía en la Seguridad Social...

Supongo que sé dónde están. En el mismo sitio que antes. Lo que ocurre es que esta crisis económica (pero también social, política y que será digna de estudiar por las denostadas Ciencias Sociales) nos ha enfrentado a un espejo. Y sin pieles, ni oros, ni dinero prestado encima ya no somos tan guapos, ni tan listos, ni tan feroces.

Está claro que dinero sigue habiendo en el sistema financiero, lo que ocurre es que ha cambiado de manos. Se acabó la época del dinero barato y lo que está ocurriendo no es más que una limpieza de especuladores y de subeconomías no productivas. Lo malo no es que unos cuantos que antes ganaban mucho ahora ganen poco o nada. Lo realmente duro es lo que se ve desde mi ventana, desde la tuya y desde la mayoría de las ventanas de sitios con muchas lucecitas de neón. Otros sitios siguen siendo igual de felices, porque nunca soñaron con mucho más que respirar aire limpio o porque están tan arriba o tan abajo que nada cambia.

No sé si mirarnos en el espejo durante un tiempo será una experiencia soportable. Pero en el mundo de las pequeñas cosas, ésas que tanto me interesan, se avecinan noches de insomnio. Espero que si la solución es repensar el peso y el valor de las inversiones haya un lugar para bienes no productivos en el corto plazo, pero tremendamente rentables en el medio-largo plazo como la educación. Ya no sólo por el valor de la cultura, de la especialización y de la innovación en el PIB de un país y en su posición geopolítica, sino para que no nos vuelvan a engañar pasando de liberales a keynesianos y viceversa según les convenga a ellos, pero eso sí, siempre con nuestro dinero y nuestra ilusiones, dejando un reguero de desazón, oportunidades perdidas y sueños tan legítimos como los suyos en el camino.

Un libro recomendado: "La corrosión del carácter", de Richard Sennet.


No hay comentarios.: