La campaña electoral como punto final a una legislatura convulsa donde se han saltado las barreras de lo políticamente intocable y donde no se ha tocado lo políticamente necesario ha dejado pocas sorpresas y la triste senda que separa a vencedores y vencidos.
Ser vencedor es un estado de ánimo que en política no siempre se corresponde con obtener más votos que el rival, muchas veces se asemeja a una situación de poder sobre la propia situación y mejor aún sobre los demás.
Una vez que ha pasado el furor de las noches electorales, no así el de las tertulias políticas que no culturales, toca abrir los ojos y analizar lo sucedido.
La agresividad de la legislatura, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, el intento de desgastar al rival a partir de sus defectos en vez de potenciar las propias virtudes, los argumentos de política marrullera, las ideas prestadas y no pensadas, olvidar el ser del trabajo público y la incapacidad de pensar en el trabajo en común han conducido, entre otras razones, a un bipartidismo tenuemente atemperado por los nacionalismos. Se ha apelado a un voto útil que tristemente no es más que votar a unos para que no salgan los otros. Ésta es la lógica de nuestra democracia.
Los partidos y los políticos que les dan vida cometen errores, todos sin excepción. Lo que ocurre es que las coyunturas no siempre se inclinan al mismo son. Así pues, es en los momentos en que las miserias salen a relucir cuando hay que salir del rebaño para ver bien de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Los partidos políticos tienen cierto parecido con las familias donde unos siempre serán los listos y otros siempre serán los inteligentes, lo de los tontos lo dejamos a la libre elección que para eso somos demócratas. Hay muchas personas que se dedican al análisis político, a las estrategias electorales, etc. Sin embargo, no es necesario ser muy avispado para ver que los mejores consejos pueden venir desde fuera, precisamente porque no hay intereses dentro.
Tras el final de un ciclo, ya sea por una derrota electoral, por una huida o por el final de un personaje, hay que renovar las estructuras, no sólo designar al sucesor, que no es lo mismo que elegirlo y, por ende, tampoco su legitimidad es igual.
En el Partido Popular hoy tienen unos cuantos problemas que no empezaron, aunque muchos lo quieran ver así, el domingo 9 de marzo. Tras el rey siempre venía el delfín. Lo que pasa en Génova es que el delfín resultó ser un experimento sin sangre real popular, hoy afortunadamente para ellos (como se deduce de la campaña electoral). El efecto Pizarro ha quedado en nada. Gustan los hombres de fuera para la economía, pero no para dirigir al partido. Por tanto, es aquí cuando empiezan las propuestas desde Madrid y desde su bicefalia, pero también desde los feudos de esa España con corrientes populares, que no todo son aguas mansas.
Echar la vista atrás es un bello ejercicio para los poetas, para los perdedores, para los soñadores, pero no para los caballeros triunfantes. A mí siempre me han gustado los tristes, por eso pienso que de la carpeta azul de Aznar, como de la hidalguía, se puede sacar una lección.
Por cierto, el título de esta entrada es una provocación. Ser valientes en el PP puede significar convocar un congreso para elegir un Presidente del Partido (sin más apellidos que no se puede vivir sólo de honores). Lo que ocurre es que en los partidos que se autodenominan democráticos hay cosas que no son de valentía, sino de justicia. O simplemente y ya que hablamos de liberales: de paz interna, de justicia política y de democracia.
Ser vencedor es un estado de ánimo que en política no siempre se corresponde con obtener más votos que el rival, muchas veces se asemeja a una situación de poder sobre la propia situación y mejor aún sobre los demás.
Una vez que ha pasado el furor de las noches electorales, no así el de las tertulias políticas que no culturales, toca abrir los ojos y analizar lo sucedido.
La agresividad de la legislatura, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, el intento de desgastar al rival a partir de sus defectos en vez de potenciar las propias virtudes, los argumentos de política marrullera, las ideas prestadas y no pensadas, olvidar el ser del trabajo público y la incapacidad de pensar en el trabajo en común han conducido, entre otras razones, a un bipartidismo tenuemente atemperado por los nacionalismos. Se ha apelado a un voto útil que tristemente no es más que votar a unos para que no salgan los otros. Ésta es la lógica de nuestra democracia.
Los partidos y los políticos que les dan vida cometen errores, todos sin excepción. Lo que ocurre es que las coyunturas no siempre se inclinan al mismo son. Así pues, es en los momentos en que las miserias salen a relucir cuando hay que salir del rebaño para ver bien de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Los partidos políticos tienen cierto parecido con las familias donde unos siempre serán los listos y otros siempre serán los inteligentes, lo de los tontos lo dejamos a la libre elección que para eso somos demócratas. Hay muchas personas que se dedican al análisis político, a las estrategias electorales, etc. Sin embargo, no es necesario ser muy avispado para ver que los mejores consejos pueden venir desde fuera, precisamente porque no hay intereses dentro.
Tras el final de un ciclo, ya sea por una derrota electoral, por una huida o por el final de un personaje, hay que renovar las estructuras, no sólo designar al sucesor, que no es lo mismo que elegirlo y, por ende, tampoco su legitimidad es igual.
En el Partido Popular hoy tienen unos cuantos problemas que no empezaron, aunque muchos lo quieran ver así, el domingo 9 de marzo. Tras el rey siempre venía el delfín. Lo que pasa en Génova es que el delfín resultó ser un experimento sin sangre real popular, hoy afortunadamente para ellos (como se deduce de la campaña electoral). El efecto Pizarro ha quedado en nada. Gustan los hombres de fuera para la economía, pero no para dirigir al partido. Por tanto, es aquí cuando empiezan las propuestas desde Madrid y desde su bicefalia, pero también desde los feudos de esa España con corrientes populares, que no todo son aguas mansas.
Echar la vista atrás es un bello ejercicio para los poetas, para los perdedores, para los soñadores, pero no para los caballeros triunfantes. A mí siempre me han gustado los tristes, por eso pienso que de la carpeta azul de Aznar, como de la hidalguía, se puede sacar una lección.
Por cierto, el título de esta entrada es una provocación. Ser valientes en el PP puede significar convocar un congreso para elegir un Presidente del Partido (sin más apellidos que no se puede vivir sólo de honores). Lo que ocurre es que en los partidos que se autodenominan democráticos hay cosas que no son de valentía, sino de justicia. O simplemente y ya que hablamos de liberales: de paz interna, de justicia política y de democracia.
5 comentarios:
¿serás valiente tú?
Seguro que sí, siempre lo he sido.
No esperaba menos de tí.
valiente siempre, valiente es luchar por lo que uno cree y no sentirse menos al reconocer que la oposición lo puede estar haciendo mejor. actitud del pp a la de niños en el patio de un colegio.
alejandra.
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