12 de enero de 2008

Soledades

Resulta paradójico que en el bullicioso mundo de las ciudades, en los tiempos de lo efímero, en los lugares del todo y de la nada haya tanta angustia. Hace unos días me llegó un comentario sobre lo que supone para la vida familiar tener trabajos con turnos de noche o con guardias como ocurre por ejemplo con el personal sanitario, de seguridad, etc. Si bien, esta realidad es conocida, en mayor o menor medida por todos, hay algunas circunstancias dignas de ser mencionadas.

Durante Nochebuena y Nochevieja hay personas que se sienten especialmente solas por muchos motivos y ocurre que algunos de ellos deciden compartir su tiempo y su soledad con el personal de guardia de los hospitales aunque no tengan ninguna dolencia, por el simple hecho de sentirse acompañados en esas "supuestas" fechas especiales. Quizás, nos hayan vendido una imagen idílica de lo que son "las familias unidas en Navidad" o, quizás, las hayamos construido nosotros mismos intencionadamente por la comodidad de crear realidades a medida.

Lo que muchas veces ocurre es que falla la comunicación. No por vivir rodeado de muchas personas, como ocurre en las grandes ciudades, se convive más y se comparten más experiencias vitales y personales. No se trata de que las grandes urbes sean espacios de soledades encontradas que comparten un mismo hábitat, sino que los puntos de encuentro, muchas veces, no responden a las necesidades de lo que significa "ser".

A menudo, vemos grandes espectáculos como el fútbol, las carreras de coches, grandes conciertos de artistas internacionales, etc. Sin embargo, a mí me siguen recordando una realidad tan antigua como aún presente hoy: el circo romano. Se entretiene al personal, se alejan por un momento los verdaderos problemas de la vida cotidiana, se alejan las críticas de los gobiernos y los gestores de lo público, se encuentran las soledades y, después, vuelta a la cotidianidad. No damos respuesta a los problemas de la plaza pública. Tal vez, sea cómodo para unos e imposible para otros. ¿La ceguera ante este mundo de soledades nos convierte cada vez en un poco más solitarios, menos despreocupados, nos aleja del poder y de la gestión de nuestros intereses a cambio de una vida más cómoda? Y, sobre todo, ¿somos cada vez menos libres?

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