Hay 3 problemas, entre otros, que afectan a la gestión de los recursos procedentes de la energía: la maldición holandesa, el rentismo y el problema de los recursos.
En primer lugar, la maldición holandesa consiste en que hay países que exportan muchos recursos (hidrocarburos), cobran en dólares y cambian el dinero a su moneda nacional. Como consecuencia, hay una gran cantidad de moneda nacional (exceso de liquidez) y los precios se disparan.
Como consecuencia, la inflación genera una pérdida de competitividad con el exterior que se ve especialmente en los bienes objeto de comercio internacional. El segundo efecto es la desindustrialización que viene por esa vía y por una transformación estructural: el capital y la mano de obra cambian de sector y se refuerza de nuevo la inflación. Para contrarrestarlo, el aumento del peso del sector público puede disuadir al privado de entrar en el mercado.
La posible solución sería un cambio en la política monetaria que estilizase los saldos. Asimismo, Argelia, Arabia Saudí, otros países del Golfo e incluso Noruega, lo han sufrido en diversas ocasiones desde los años 70, aunque ahora llevan un control más adecuado. No se trata de un problema ideológico, sino de conseguir una gestión más adecuada de los recursos.
En segundo lugar, el problema que nos ocupa es el rentismo. Cuando el sector extractivo es una parte muy importante de la economía, el Estado reparte las rentas: lo que suele hacer no es gestionarlo bien, sino distribuirlo de cualquier manera (normalmente por factores exógenos). Es posible que la gente no trabaje del mismo modo, les sobran rentas, sus ingresos no dependen de las horas trabajadas o de la productividad, sino de los contactos (caso, por ejemplo, de Kuwait). La inercia de esto es que no se acostumbran a trabajar de forma productiva y eficiente, ya que su vida mejora si lo hace su relación con quien reparte las rentas.
En consecuencia, se da lugar al clientelismo, a la concentración del poder económico central, a una lógica política de buscar apoyos mediante la redistribución de las rentas. De este modo, se resienten los mecanismos que tradicionalmente condicionan el crecimiento: capital humano, búsqueda de la eficacia, la eficiencia, a través de la inversión, la innovación, el aumento de la productividad, etc.
El tercer problema son las remesas. Es imposible cuantificarlas porque hay muchos flujos informales, aunque se estima que pueden ser cuatro veces superiores a las cifras oficiales. En este sentido, el primer receptor mundial de remesas es Marruecos, seguido de Turquía y Argelia. Igualmente, la fortaleza del euro frente a sus monedas ha aumentado la importancia de esta fuente de ingresos. En el caso de Marruecos, el 50% del PIB procede de las remesas y sólo un 5% del turismo. Sin embargo, el problema de esta vía es que el dinero de las remesas no se pone al servicio del desarrollo, sino del consumo inmediato.
En primer lugar, la maldición holandesa consiste en que hay países que exportan muchos recursos (hidrocarburos), cobran en dólares y cambian el dinero a su moneda nacional. Como consecuencia, hay una gran cantidad de moneda nacional (exceso de liquidez) y los precios se disparan.
Como consecuencia, la inflación genera una pérdida de competitividad con el exterior que se ve especialmente en los bienes objeto de comercio internacional. El segundo efecto es la desindustrialización que viene por esa vía y por una transformación estructural: el capital y la mano de obra cambian de sector y se refuerza de nuevo la inflación. Para contrarrestarlo, el aumento del peso del sector público puede disuadir al privado de entrar en el mercado.
La posible solución sería un cambio en la política monetaria que estilizase los saldos. Asimismo, Argelia, Arabia Saudí, otros países del Golfo e incluso Noruega, lo han sufrido en diversas ocasiones desde los años 70, aunque ahora llevan un control más adecuado. No se trata de un problema ideológico, sino de conseguir una gestión más adecuada de los recursos.
En segundo lugar, el problema que nos ocupa es el rentismo. Cuando el sector extractivo es una parte muy importante de la economía, el Estado reparte las rentas: lo que suele hacer no es gestionarlo bien, sino distribuirlo de cualquier manera (normalmente por factores exógenos). Es posible que la gente no trabaje del mismo modo, les sobran rentas, sus ingresos no dependen de las horas trabajadas o de la productividad, sino de los contactos (caso, por ejemplo, de Kuwait). La inercia de esto es que no se acostumbran a trabajar de forma productiva y eficiente, ya que su vida mejora si lo hace su relación con quien reparte las rentas.
En consecuencia, se da lugar al clientelismo, a la concentración del poder económico central, a una lógica política de buscar apoyos mediante la redistribución de las rentas. De este modo, se resienten los mecanismos que tradicionalmente condicionan el crecimiento: capital humano, búsqueda de la eficacia, la eficiencia, a través de la inversión, la innovación, el aumento de la productividad, etc.
El tercer problema son las remesas. Es imposible cuantificarlas porque hay muchos flujos informales, aunque se estima que pueden ser cuatro veces superiores a las cifras oficiales. En este sentido, el primer receptor mundial de remesas es Marruecos, seguido de Turquía y Argelia. Igualmente, la fortaleza del euro frente a sus monedas ha aumentado la importancia de esta fuente de ingresos. En el caso de Marruecos, el 50% del PIB procede de las remesas y sólo un 5% del turismo. Sin embargo, el problema de esta vía es que el dinero de las remesas no se pone al servicio del desarrollo, sino del consumo inmediato.
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