
Nicolás Sarkozy quiere crear una Unión Mediterránea, una nueva organización internacional formada exclusivamente por los países ribereños del gran mar interior, tal vez con el añadido de Portugal, pero al margen de la Unión Europea (UE). El presidente francés considera que el llamado Proceso de Barcelona, nacido en 1995 en la capital catalana con el nombre de Asociación Euromediterránea, que vincula al conjunto de países de la UE con los países de la ribera sur y del Este del Mediterráneo, ha fracasado, precisamente por su vinculación con Bruselas.
Por un lado, Sarkozy pretende con esta operación ofrecer una compensación a Turquía en reparación por el veto francés a su entrada en la UE, aunque Ankara se ha apresurado a dejar claro que no acepta el trueque; por otro, Francia pretende crear un espacio geopolítico en el que ejerza un cierto grado de hegemonía para compensar su pérdida de influencia en el conjunto de la UE, especialmente desde la ampliación.
Asimismo, el nuevo jefe del Estado francés -ministro del Interior en varios Gobiernos- contempla también la oportunidad de disponer de una herramienta para coordinar la política migratoria y los temas de seguridad relacionados con el terrorismo. La idea de Sarkozy, sin embargo, tiene todavía unos contornos poco definidos cuando se desciende a lo concreto.
En cuanto al contenido del proyecto, por ahora debemos conformarnos con remitirnos a los discursos del presidente. En ellos se perfila una organización regional mediterránea, calcada del modelo de la Unión Europea, que agruparía a los Estados ribereños del Mediterráneo, europeos y no europeos, y entre ellos Turquía, calificado como "gran país mediterráneo". La UM se apoyaría en unas instituciones comunes: un Consejo del Mediterráneo y un Banco del Mediterráneo. Se barajan varias líneas de trabajo: política común de inmigración escogida; co-desarrollo; creación de un espacio judicial común para luchar contra la corrupción, el crimen organizado y el terrorismo, e incluso una estrategia ambiental regional. Cuando era candidato, Sarkozy también llegó a hablar de seguridad colectiva y resolución de conflictos. En resumen, la lista de asuntos es extensa y, sobre todo, en evolución.
Se ha apuntado que la política mediterránea es una alternativa a la política árabe; para combatir la percepción simplista del "choque de civilizaciones" es necesario escoger un marco que permita, en teoría, superar los antagonismos entre Occidente y Oriente, Europa y los árabes, cristianos y musulmanes. Francia pretende asimismo reequilibrar las opciones exteriores de Europa: la geopolítica "pan-euro-mediterránea" promovida por la Política de Vecindad no les sirve a los franceses, que, frente a la perspectiva centroeuropea, propugna la especificidad mediterránea. En cuanto a la cuestión turca: Francia se opone a la entrada de Turquía en la UE, el partenariado privilegiado no está listo y la UM serviría para que los turcos comprendan que su lugar no está en Europa. Y, por último, desde el punto de vista interno, la propuesta de la UM tenía como objetivo seducir al electorado francés de origen mediterráneo y reinstaurar en el discurso una continuidad simpática entre integración, co-desarrollo y cooperación regional.
Diplomáticos españoles han explica doque el Proceso de Barcelona se puso en marcha en 1995, cuando se planteó la ampliación de la UE a los países de Europa central y del Este que habían recuperado su soberanía, para compensar la pérdida de peso de la Europa meridional y anticipar los problemas que pudieran producirse en la frontera sur de Europa. Desde este punto de vista, se considera un error "desenganchar a la UE" del diálogo mediterráneo y se reivindica el trabajo realizado durante los últimos 12 años, en los que se han invertido fondos, conocimientos y energía en el desarrollo de fondo de los países del sur.
Se ha avanzado poco, es cierto, y, como evidenció la cumbre de 2005, las preocupaciones no son las mismas de hace doce años. La situación internacional ha ido a peor tras el 11-S y la invasión de Irak, el Proceso de Paz no ha dado los resultados esperados, los avances en libertades y derechos humanos en los países no comunitarios han sido escasos, los procesos de transición política están paralizados y las políticas del miedo llegan a ambas orillas, mientras se ensancha la brecha entre ricos y pobres. Así y todo, sería injusto no reconocer que hoy el espacio euromediterráneo es una realidad mucho más consolidada y que los intercambios comerciales y culturales se han incrementado notablemente, mientras la inversión y la cooperación europeas han posibilitado el desarrollo del sur, aunque en medida insuficiente, como atestigua el creciente flujo de inmigrantes que intenta alcanzar las costas europeas. Asimismo, se han creado instancias de deliberación conjunta -Asamblea Parlamentaria Euromediterránea- y de diálogo cultural -Fundación Anna Lindh- destinadas a promover la participación de la sociedad civil.
Y, sin embargo, el presidente francés Nicolás Sarkozy apuesta por articular una Unión Mediterránea (UM) que sólo comprometa a los países mediterráneos. Una iniciativa que parece un retorno a la política de los setenta y los ochenta cuando París lideraba la Política Mediterránea Global -acuerdos de primera generación con Israel (1975); Argelia, Marruecos y Túnez (1976); Egipto, Jordania, Líbano y Siria (1977)- o la denominada Política Mediterránea Renovada, que dio lugar a diversas iniciativas: Fórum Mediterráneo de 1988, Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en el Mediterráneo de 1990, Diálogo Euro-árabe entre la CEE y la Liga Árabe, Grupo 5+5, que desde 1990 estableció un fórum de reflexión conjunta entre los países del norte (Portugal, España, Francia, Italia y Malta) y los países de la Unión del Magreb Árabe.
El PB surge de la capacidad de Europa de definir sus políticas mediterráneas tras la desaparición del mundo bipolar. Es la culminación de las políticas anteriores y pretende ir mucho más allá. Su objetivo final es articular un espacio euromediterráneo con capacidad de cohesión social -gracias a un desarrollo compartido-, cultural y políticamente de acuerdo con la tendencia, introducida por la globalización, hacia la consolidación de grandes espacios socioeconómicos. Por el contrario, la propuesta de Sarkozy tiende a limitar esta tendencia reduciéndola a espacios muy concretos (migraciones, seguridad, co-desarrollo y medio ambiente), desvinculándola de la UE, dotando a la UM de instituciones propias y limitándola a una relación bilateral entre los países mediterráneos europeos y no europeos (Magreb, Egipto y Turquía).
El Mediterráneo tiene concentrados hoy (como ninguna otra región en el mundo), todos los grandes retos a los que se enfrenta el mundo globalizado e interdependiente. El Mare Nostrum necesita involucrar y comprometer al máximo número de actores políticos, sociales y económicos para trabajar juntos y encontrar la senda que nos lleve al círculo virtuoso de democratización, reformas y desarrollo en la región. Ello no es óbice para que se reforme e innove en todo aquello que se ha mostrado ineficiente en los casi ya 12 años de Partenariado Euromediterráneo. Pero para construir una política sólida, coherente y eficaz en la región, hay que hacerlo sumando complicidades, experiencias y buenas prácticas.
El reto de Europa en la región no pasa solamente por ofrecer alternativas concretas, creíbles y eficaces a los socios y vecinos del sur de Europa; es también urgente y necesario que sea capaz de tener una política exterior común, para hablar y actuar de forma conjunta en una región extremadamente compleja. La propuesta unilateral de Unión Mediterránea de Sarkozy contiene elementos de confusión que no aclaran el futuro del Mediterráneo.
Por un lado, Sarkozy pretende con esta operación ofrecer una compensación a Turquía en reparación por el veto francés a su entrada en la UE, aunque Ankara se ha apresurado a dejar claro que no acepta el trueque; por otro, Francia pretende crear un espacio geopolítico en el que ejerza un cierto grado de hegemonía para compensar su pérdida de influencia en el conjunto de la UE, especialmente desde la ampliación.
Asimismo, el nuevo jefe del Estado francés -ministro del Interior en varios Gobiernos- contempla también la oportunidad de disponer de una herramienta para coordinar la política migratoria y los temas de seguridad relacionados con el terrorismo. La idea de Sarkozy, sin embargo, tiene todavía unos contornos poco definidos cuando se desciende a lo concreto.
En cuanto al contenido del proyecto, por ahora debemos conformarnos con remitirnos a los discursos del presidente. En ellos se perfila una organización regional mediterránea, calcada del modelo de la Unión Europea, que agruparía a los Estados ribereños del Mediterráneo, europeos y no europeos, y entre ellos Turquía, calificado como "gran país mediterráneo". La UM se apoyaría en unas instituciones comunes: un Consejo del Mediterráneo y un Banco del Mediterráneo. Se barajan varias líneas de trabajo: política común de inmigración escogida; co-desarrollo; creación de un espacio judicial común para luchar contra la corrupción, el crimen organizado y el terrorismo, e incluso una estrategia ambiental regional. Cuando era candidato, Sarkozy también llegó a hablar de seguridad colectiva y resolución de conflictos. En resumen, la lista de asuntos es extensa y, sobre todo, en evolución.
Se ha apuntado que la política mediterránea es una alternativa a la política árabe; para combatir la percepción simplista del "choque de civilizaciones" es necesario escoger un marco que permita, en teoría, superar los antagonismos entre Occidente y Oriente, Europa y los árabes, cristianos y musulmanes. Francia pretende asimismo reequilibrar las opciones exteriores de Europa: la geopolítica "pan-euro-mediterránea" promovida por la Política de Vecindad no les sirve a los franceses, que, frente a la perspectiva centroeuropea, propugna la especificidad mediterránea. En cuanto a la cuestión turca: Francia se opone a la entrada de Turquía en la UE, el partenariado privilegiado no está listo y la UM serviría para que los turcos comprendan que su lugar no está en Europa. Y, por último, desde el punto de vista interno, la propuesta de la UM tenía como objetivo seducir al electorado francés de origen mediterráneo y reinstaurar en el discurso una continuidad simpática entre integración, co-desarrollo y cooperación regional.
Diplomáticos españoles han explica doque el Proceso de Barcelona se puso en marcha en 1995, cuando se planteó la ampliación de la UE a los países de Europa central y del Este que habían recuperado su soberanía, para compensar la pérdida de peso de la Europa meridional y anticipar los problemas que pudieran producirse en la frontera sur de Europa. Desde este punto de vista, se considera un error "desenganchar a la UE" del diálogo mediterráneo y se reivindica el trabajo realizado durante los últimos 12 años, en los que se han invertido fondos, conocimientos y energía en el desarrollo de fondo de los países del sur.
Se ha avanzado poco, es cierto, y, como evidenció la cumbre de 2005, las preocupaciones no son las mismas de hace doce años. La situación internacional ha ido a peor tras el 11-S y la invasión de Irak, el Proceso de Paz no ha dado los resultados esperados, los avances en libertades y derechos humanos en los países no comunitarios han sido escasos, los procesos de transición política están paralizados y las políticas del miedo llegan a ambas orillas, mientras se ensancha la brecha entre ricos y pobres. Así y todo, sería injusto no reconocer que hoy el espacio euromediterráneo es una realidad mucho más consolidada y que los intercambios comerciales y culturales se han incrementado notablemente, mientras la inversión y la cooperación europeas han posibilitado el desarrollo del sur, aunque en medida insuficiente, como atestigua el creciente flujo de inmigrantes que intenta alcanzar las costas europeas. Asimismo, se han creado instancias de deliberación conjunta -Asamblea Parlamentaria Euromediterránea- y de diálogo cultural -Fundación Anna Lindh- destinadas a promover la participación de la sociedad civil.
Y, sin embargo, el presidente francés Nicolás Sarkozy apuesta por articular una Unión Mediterránea (UM) que sólo comprometa a los países mediterráneos. Una iniciativa que parece un retorno a la política de los setenta y los ochenta cuando París lideraba la Política Mediterránea Global -acuerdos de primera generación con Israel (1975); Argelia, Marruecos y Túnez (1976); Egipto, Jordania, Líbano y Siria (1977)- o la denominada Política Mediterránea Renovada, que dio lugar a diversas iniciativas: Fórum Mediterráneo de 1988, Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en el Mediterráneo de 1990, Diálogo Euro-árabe entre la CEE y la Liga Árabe, Grupo 5+5, que desde 1990 estableció un fórum de reflexión conjunta entre los países del norte (Portugal, España, Francia, Italia y Malta) y los países de la Unión del Magreb Árabe.
El PB surge de la capacidad de Europa de definir sus políticas mediterráneas tras la desaparición del mundo bipolar. Es la culminación de las políticas anteriores y pretende ir mucho más allá. Su objetivo final es articular un espacio euromediterráneo con capacidad de cohesión social -gracias a un desarrollo compartido-, cultural y políticamente de acuerdo con la tendencia, introducida por la globalización, hacia la consolidación de grandes espacios socioeconómicos. Por el contrario, la propuesta de Sarkozy tiende a limitar esta tendencia reduciéndola a espacios muy concretos (migraciones, seguridad, co-desarrollo y medio ambiente), desvinculándola de la UE, dotando a la UM de instituciones propias y limitándola a una relación bilateral entre los países mediterráneos europeos y no europeos (Magreb, Egipto y Turquía).
El Mediterráneo tiene concentrados hoy (como ninguna otra región en el mundo), todos los grandes retos a los que se enfrenta el mundo globalizado e interdependiente. El Mare Nostrum necesita involucrar y comprometer al máximo número de actores políticos, sociales y económicos para trabajar juntos y encontrar la senda que nos lleve al círculo virtuoso de democratización, reformas y desarrollo en la región. Ello no es óbice para que se reforme e innove en todo aquello que se ha mostrado ineficiente en los casi ya 12 años de Partenariado Euromediterráneo. Pero para construir una política sólida, coherente y eficaz en la región, hay que hacerlo sumando complicidades, experiencias y buenas prácticas.
El reto de Europa en la región no pasa solamente por ofrecer alternativas concretas, creíbles y eficaces a los socios y vecinos del sur de Europa; es también urgente y necesario que sea capaz de tener una política exterior común, para hablar y actuar de forma conjunta en una región extremadamente compleja. La propuesta unilateral de Unión Mediterránea de Sarkozy contiene elementos de confusión que no aclaran el futuro del Mediterráneo.
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