Ayer, el Gobierno de Estados Unidos dio la fecha para la Conferencia Internacional sobre Oriente Medio. El próximo día 27 de noviembre en Anápolis, lugar cercano a Washington, D.C. También incluyó dos nuevas invitaciones: Siria y Arabia Saudí.
El deterioro de la situación regional e internacional a lo largo de 2006 y del presente 2007 llevó a diversos actores, y en especial a los Estados Unidos, arropados por sus socios en el cuarteto (ONU, UE y Federación Rusa), a redoblar sus esfuerzos para imaginar un nuevo escenario que permitiera el diálogo entre los principales actores implicados y la resolución progresiva de los diversos conflictos existentes en la región, y ello en un contexto en el que los combates en escenarios como Irak o Afganistán, o el esfuerzo antiterrorista contra el yihadismo salafista siguen siendo necesarios. Iniciativas diplomáticas de los miembros del cuarteto, apoyándose para ello en actores regionales, permitirán convocar una reunión multilateral limitada, que sin ser un "Madrid II" en términos de continuidad con la Conferencia celebrada en septiembre de 1991, sí obedecerá a la idea de buscar soluciones globales a problemas también globales pero involucrando para ello a un menor número de actores que entonces dada la aguda tensión regional.
El hecho de que la reunión se celebre en un contexto de fin de la presidencia americana ("pato cojo"), la tensión creciente entre Occidente y la Federación Rusa, la división entre Al Fatah y Hamas dentro de la Autoridad Nacional Palestina, las fricciones entre Siria e Israel, la activa política exterior iraní en la región y la continuación de la amenaza del terrorismo yihadista son, entre otras, importantes realidades a tener en cuenta ya que dificultarán indudablemente la celebración de la Conferencia.
Una vez descrita la situación, debemos adentrarnos en cuestiones más precisas. El Primer Ministro de Israel, Ehud Olmert, ha anunciado la esperada paralización de la construcción en los asentamientos judíos en Cisjordania y la evacuación de los surgidos después de 2001, considerados fuera de la ley del Estado hebreo. Sin embargo, no se pronunció sobre plazos ni sobre la propuesta de retener bajo soberanía israelí los grandes núcleos de ocupación: Gush Etzion, Maale Adumin y Ariel. Añadió que no se podía seguir diciendo lo que es bueno estratégicamente e ignorar a la vez sus obligaciones. También reclamaron a los palestinos que la seguridad de Israel no está garantizada suficientemente.
De la cumbre no se espera ningún acuerdo, salvo una grata sorpresa, sólo un documento. Sin embargo, no se debe subestimar la importancia del paso que supone la reunión entre Abbas, Olmert y otros países de la zona (también actores del conflicto). Si se inicia un proceso que no deje de lado los asuntos sustantivos y problemáticos que les afectan, por muy espinosos que sean, se estará en la línea para alcanzar una solución. De lo contrario, seguiremos con acuerdos puntuales y parciales que sucumbirán a cualquier ataque en esta zona de paz frágil.
La conclusión que podemos extraer de esto es que volvemos a la inicial situación de partida: el camino para la paz ya no es esperar a ver lo que el otro hace, sino empezar actuado. Por ello, mientras los compromisos de ambas partes no sean serios, reales y demostrables en la práctica, las esperanzas de paz no serán sino eso, esperanzas.
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