Hay cosas que enojan, cosas que entristecen y cosas que duelen en lo más profundo del ser, en lo más íntimo. Para los que nacimos en una tierra de fiesta, amante de las tradiciones, del mar y de la vida, hay situaciones que trastocan nuestra realidad cotidiana de una manera incomprensible.
Aún recuerdo cuando recorriendo la costa levantina por la carretera que une Alicante y Cartagena, se veían grandes espacios de dunas frente al mar. Se unían el marrón, el amarillo y el azul. Daban una sensación de infinitud que lograba emocionar.
Sin embargo, semejante espectáculo hoy ya no es posible. En lugar de dunas junto al dócil Mediterráneo hay monstruos grandes y blancos, con tejados rojizos, eso sí, para respetar una tradición de construcción que en esencia ya no existe. Se construye en las ramblas, en el cauce de ríos secos, en ecosistemas tan débiles cómo importantes, ...
Vivimos en un mundo absorbido por la cultura de lo efímero, del "aquí y ahora", pero pocos se preguntan qué pasará después. Nadie puede predecir el futuro, pero sí podemos intentar comprender, al menos, nuestro presente.
Así pues, la destrucción de un medio natural no es producto sólo de los insaciables constructores, también de los políticos que buscan un beneficio muy específico alejado de la sostenibilidad y de los criterios de la democracia participativa. Tampoco nos podemos olvidar del papel de los ciudadanos, que se han dejado llevar por la posibilidad de ganar mucho dinero en poco tiempo y a cambio perder un modo de vida y un espacio de relaciones. ¿Se podrá recuperar? O dicho de otro modo, ¿a alguien le interesa que se recupere?
Tras la corrupción y la defunción de la política, no llega la libertad, sino el dolor de la herida que produce la derrota. Quizás, tendríamos que empezar por replantearnos si las reglas básicas del juego se han trastocado hasta llegar a un punto que los ciudadanos no elegimos.
¿Hasta dónde llegará el viento de Levante, el viento de mi vida?
1 comentario:
Triste es lamentarse del pasado. Preguntarse ¿cuándo ha sucedido?, mientras las quimeras de cemento, ladrillo y hormigón se reproducían de forma alarmante ante los ojos de la gente que las miraba con indiferencia.
Importante es mirar al presente, y ver que aunque las doradas dunas hayan desaparecido, el sol del Mediterráneo seguirá calentado las costas levantinas. Y al igual que el magno astro. Tanto la sangre de la gente del lugar, como la de esta noble tierra no es tan fácil de corromper, pues mientras aún quede alguien que sepa mirar a través de ladrillos, paredes y murallas, nada estará perdido.
El futuro es nuestro, y nuestra es la elección. Si nos afanamos en construir una España sostenible y competitiva, que no dependa tanto del sector servicios y de la construcción, podremos frenar el de alguna forma el afán de especular con los pocos terrenos que aún quedan vírgenes en las costas españolas.
Lo peor de todo ésto, es que por muy bonitas, y buenas sean nuestras intenciones, la historia nos dice que las cosas no cambian de un día para otro. Así que nuestra generación está condenada a observar con impotencia como gente desalmada vende su alma por un puñado más euros que los que ya tenía, hipotecando el futuro las nuevas generaciones. Y es que ya lo dijo Quevedo, “poderoso caballero es Don Dinero”. Y más ahora, donde el feroz capitalismo de Adam Smith parece estar desbocado.
Publicar un comentario